
La ciudad celebró por primera vez el Día del Operario de Barrido y Recolección. El Acuerdo 1038 de 2026 abre oportunidades para más de 5.000 trabajadores, pero también pone sobre la mesa una discusión pendiente: sus condiciones de vida y trabajo deben importar tanto como el servicio que prestan.
Todos los días, mientras buena parte de Bogotá comienza su jornada, miles de trabajadores ya están en las calles. Recorren avenidas, limpian andenes, recogen residuos y atienden espacios públicos que, en muchos casos, vuelven a ensuciarse pocas horas después. Su trabajo hace parte de la rutina de la ciudad, aunque no siempre reciba la atención que merece.
El pasado 3 de noviembre, esa realidad tuvo un espacio diferente. Por primera vez, Bogotá celebró oficialmente el Día del Operario de Barrido y Recolección, una fecha establecida mediante el Acuerdo 1038 de 2026, iniciativa del concejal Rubén Torrado y aprobada por el Concejo de Bogotá.
La ceremonia, realizada en el Archivo Distrital, reunió a representantes de la Unidad Administrativa Especial de Servicios Públicos (UAESP), Aguas de Bogotá y las empresas encargadas de prestar el servicio de aseo. Fue un reconocimiento a una población que cumple una función esencial para la salud pública y el funcionamiento de la capital.
La dimensión de esta actividad se entiende mejor cuando se revisan las cifras. Según información divulgada por el Distrito el 4 de noviembre, Bogotá cuenta con 5.144 operarios de barrido y recolección vinculados a los cinco concesionarios y a Aguas de Bogotá. Entre enero y agosto de este año recorrieron, en promedio, 698.596 kilómetros mensuales. Son cerca de 23.000 kilómetros diarios dedicados a mantener la ciudad en condiciones adecuadas de limpieza.
Detrás de esos números hay personas que trabajan bajo el sol, la lluvia, durante la madrugada y, en ocasiones, en medio de condiciones poco favorables. Por eso, la celebración tiene un significado que merece destacarse. Sin embargo, también sería un error considerar que el reconocimiento público resuelve, por sí solo, las necesidades de quienes desempeñan esta labor.
Lo que establece el Acuerdo 1038 y lo que todavía está pendiente
El Acuerdo 1038 de 2026, expedido el 3 de marzo, no se limita a declarar una fecha conmemorativa. Su propósito es promover medidas para reconocer y dignificar el trabajo de quienes participan en las actividades de barrido, limpieza de vías y áreas públicas, recolección y transporte de residuos.
Uno de sus aspectos más importantes es que amplía la mirada sobre los beneficiarios. El bienestar de los operarios no se entiende de manera aislada, sino que incluye a sus familias y las oportunidades a las que pueden acceder.
Para ello, el acuerdo contempla la articulación de entidades como la UAESP, la Secretaría de Educación y la Secretaría Distrital de Integración Social, con el fin de divulgar la oferta institucional disponible. También promueve acciones de prevención y cuidado de la salud con las Administradoras de Riesgos Laborales, el fortalecimiento de las organizaciones sociales y el acercamiento a los servicios de las Manzanas del Cuidado.
Hay otro aspecto que merece atención: la cultura ciudadana. El reconocimiento de estos trabajadores también debe reflejarse en la manera como los habitantes se relacionan con ellos y entienden su función. No se trata solamente de agradecerles durante una ceremonia, sino de asumir comportamientos que faciliten su trabajo y eviten que tengan que recoger residuos dispuestos irresponsablemente en las calles.
Ahora bien, conviene precisar el alcance de la medida. El acuerdo no establece un aumento salarial automático, una bonificación económica ni una transferencia directa para los trabajadores. Su apuesta está en el reconocimiento, la articulación de servicios y la generación de oportunidades sociales.
La diferencia no es menor. Una cosa es anunciar que existe una oferta institucional y otra conseguir que los trabajadores puedan acceder efectivamente a ella. El resultado dependerá de la capacidad de las entidades para coordinarse, identificar a la población beneficiaria y mantener programas que no se queden en acciones ocasionales.
En ese sentido, el informe anual que debe presentar la Administración Distrital al Concejo de Bogotá será una herramienta importante. La ciudadanía debería poder conocer cuántos trabajadores han participado en los programas, qué servicios han recibido y cuáles han sido los resultados concretos.
La transformación del modelo de aseo no puede dejar por fuera a los trabajadores
La discusión sobre el futuro del servicio público de aseo tiene otro componente: la continuidad y transformación del modelo de prestación. Bogotá atraviesa un proceso regulatorio y operativo que involucra a los cinco concesionarios actuales, a Aguas de Bogotá y a las autoridades responsables de garantizar la prestación del servicio.
Durante 2026 se adoptaron decisiones relacionadas con el régimen transitorio y la continuidad de las Áreas de Servicio Exclusivo. La Administración Distrital anunció la prórroga de los contratos de los cinco operadores hasta noviembre de 2027, mientras se avanza en la definición del esquema futuro.
Los operadores involucrados son Promoambiental Distrito, Limpieza Metropolitana (LIME), Ciudad Limpia, Bogotá Limpia y Área Limpia.
Esta transición exige mirar más allá de la continuidad de las rutas y de la capacidad de recolección. También es necesario conocer qué ocurrirá con las condiciones de quienes prestan el servicio. Los cambios contractuales y operativos deben contemplar mecanismos que protejan los derechos laborales y eviten que las mejoras en eficiencia terminen trasladando mayores exigencias a los trabajadores.
Hay asuntos que merecen seguimiento: la estabilidad de los puestos de trabajo, las condiciones de contratación, la capacitación frente a nuevas tecnologías y el cumplimiento de las obligaciones de los operadores en materia de seguridad y salud en el trabajo.
La experiencia de los operarios también debería tener un lugar en las decisiones. Son ellos quienes conocen las dificultades de las rutas, los puntos críticos, los problemas de disposición de residuos y las condiciones reales de cada territorio. Incorporar ese conocimiento puede mejorar la planeación y evitar decisiones que funcionen en los documentos, pero no en las calles.
Qué debería pasar después del primer homenaje
El Acuerdo 1038 ofrece una oportunidad para avanzar, pero su implementación requiere algo más que la voluntad de las entidades. Se necesitan responsables claros, recursos, metas verificables y mecanismos que permitan conocer qué está funcionando y qué debe corregirse.
Una primera medida sería crear un programa distrital de bienestar para operarios y sus familias. La UAESP podría coordinar la participación de las entidades educativas, sociales y de salud para que los trabajadores tengan una ruta de acceso sencilla a los servicios disponibles. La información debería llegar directamente a sus lugares de trabajo y ajustarse a sus horarios.
En segundo lugar, sería conveniente consolidar un sistema de seguimiento a las condiciones de salud y seguridad laboral. La información sobre accidentes, incapacidades y exposición a riesgos debería analizarse de manera periódica, con participación de los operadores y las ARL.
También sería útil ampliar los indicadores públicos del servicio. Actualmente, los datos sobre kilómetros recorridos, toneladas recogidas y cobertura permiten evaluar la operación, pero no cuentan toda la historia. Incorporar indicadores de bienestar, formación, prevención y participación ayudaría a conocer el impacto social del modelo.
Por otra parte, la modernización tecnológica debe acompañarse de capacitación. La incorporación de nuevos vehículos y herramientas puede facilitar el trabajo, siempre que se tenga en cuenta la experiencia de quienes las utilizan y se evite que la transformación se traduzca en mayores cargas laborales.
Finalmente, la ciudadanía debe asumir una responsabilidad más activa. Disponer correctamente los residuos, respetar los horarios de recolección, separar los materiales aprovechables y evitar el abandono de escombros son acciones sencillas que pueden mejorar las condiciones del servicio y reducir la presión sobre los trabajadores.
No se trata de trasladar la responsabilidad del aseo a los habitantes, sino de entender que la limpieza de una ciudad es una tarea compartida, aunque existan responsabilidades específicas para cada actor.