

En Mompox, el presidente trazó una línea clara: la descentralización que promete su gobierno viene acompañada de una intolerancia explícita frente a cualquier forma de negociación oculta con grupos armados. Lo que en apariencia es un llamado a la disciplina institucional es, en los hechos, una ecuación política y de seguridad que redefine los límites entre autonomía regional y control estatal.
Autonomía con control
El mensaje presidencial se instaló en un doble terreno. Por un lado reclama mayor capacidad de decisión y recursos para las gobernaciones; por otro, condiciona esa autonomía a un marco de conducta que excluye diálogos informales con actores ilegales. Esa combinación apela a un electorado preocupado por la seguridad, pero genera tensiones prácticas: ¿quién decide cuándo una gestión local roza la ilegalidad? La ambigüedad sobre qué constituye una “negociación clandestina” deja espacio a interpretaciones políticas y judiciales.
La advertencia dirigida a un gobernador específico —quien había criticado la estrategia central y defendido procesos de paz locales— revela además una dimensión simbólica. Al cuestionar públicamente a autoridades regionales, el gobierno busca marcar agenda y normar el comportamiento de mandatarios que, en territorios con presencia armada, han explorado vías no institucionales para reducir la violencia o garantizar servicios básicos.
Contradicciones y vacíos
La tensión no es sólo retórica. En muchas regiones la presencia del Estado es débil, y las autoridades locales han enfrentado dilemas prácticos: sostener la gobernabilidad, proteger comunidades y negociar rutas mínimas de convivencia. Imponer una política de tolerancia cero hacia cualquier contacto informal sin ofrecer canales institucionales creíbles para resolver conflictos puede empujar a alcaldes y gobernadores a dos caminos riesgosos: aceptar la centralización de la respuesta (con mayor fuerza militar) o seguir buscando arreglos no oficiales que queden fuera del escrutinio público.
Otro vacío relevante es la falta de criterios operativos y mecanismos de supervisión claros. Si la norma es la prohibición absoluta, se necesitan protocolos para investigar, sancionar y, sobre todo, para distinguir entre interlocuciones técnicas (por ejemplo, coordinación humanitaria) y pactos que legitiman estructuras criminales. Sin esa distinción, la política corre el riesgo de criminalizar iniciativas de gestión local necesarias para la supervivencia cotidiana en zonas de control débil.
Qué significa esto para la política y la seguridad
Políticamente, la advertencia reafirma la centralidad del Ejecutivo en materia de seguridad y marca un pulso con gobernadores críticos. Para las fuerzas armadas y la policía es una luz verde para intensificar operaciones contra cabecillas y redes. Para la sociedad, la consecuencia más inmediata puede ser una mayor polarización entre quienes celebran mano dura y quienes temen el retroceso de apuestas de paz que, aunque imperfectas, buscaban reducir víctimas.
En el terreno operativo, la decisión de perseguir contactos “clandestinos” sin protocolos claros puede generar efectos adversos: fuga de información, persecución selectiva de líderes regionales, y una reducción de la voluntad local para compartir inteligencia o coordinar acciones que requieren confianza entre niveles de gobierno. A la vez, una ofensiva desarticulada sobre negociaciones locales podría cerrar vías informales que, en episodios concretos, han evitado derramamientos de sangre.
Escenarios futuros
Escenario 1 — Consolidación centralista: el Gobierno despliega más recursos y fuerza, traslada decisiones clave a Bogotá y sanciona a autoridades que crucen la línea. Resultado: mayor presencia estatal en el corto plazo, pero riesgo de desgaste institucional y judicialización de la política regional.
Escenario 2 — Chilling effect local: gobernadores evitan iniciativas de acercamiento con comunidades o actores en conflicto por temor a represalias. Resultado: aumento de vacíos de gobernanza y consolidación de economías ilícitas en territorios olvidados.
Escenario 3 — Apertura regulada: el Ejecutivo diseña protocolos claros para interlocuciones legítimas (humanitarias, restitución de tierras, cese temporal de violencias) con transparencia y supervisión judicial. Resultado: posibilidad de combinar firmeza en seguridad con espacios institucionales que reduzcan la necesidad de pactos no oficiales.
Riesgos y oportunidades
El riesgo más acuciante es que la estrategia de advertencia se traduzca en una política binaria: o la fuerza o la criminalización de la gestión regional. Eso aumentaría la polarización y podría profundizar la inseguridad en municipios donde la cooperación entre niveles del Estado es frágil. En sentido contrario, la oportunidad reside en usar el debate como trampolín para modernizar marcos de descentralización: clarificar responsabilidades, fortalecer consejos territoriales de seguridad con representación civil y judicial, y dotar a las gobernaciones de herramientas legales y técnicas para gestionar conflictos sin caer en arreglos ilegítimos.
Qué deberían hacer los actores
El Ejecutivo debe traducir advertencias en normas y garantías: criterios públicos que separen interlocución legítima de complicidad criminal, y canales de acompañamiento técnico a gobernadores. Las gobernaciones, por su parte, necesitan invertir en transparencia, documentar cualquier gestión de acercamiento y coordinar con instancias nacionales para evitar malentendidos. La Corte y las instancias de control tendrán que actuar con criterios uniformes para evitar persecuciones políticas.
La discusión no es anodina: dibuja el mapa de la gobernabilidad en un país aún marcado por la violencia y la desigualdad territorial. Cómo se resuelva este cruce entre autonomía y autoridad central determinará si la descentralización que promete recursos y poder se traduce en mayor seguridad y legitimidad, o en una batalla institucional que debilite la capacidad del Estado para gobernar en las regiones más vulnerables.