

Lo que se presenta como un choque entre dos senadoras —Isabel Zuleta y Carolina Corcho— es en realidad la manifestación más visible de una tensión mucho más profunda: la transformación del Pacto Histórico de movimiento moral a coalición legislativa pragmática. El episodio del traslado del expediente contra Álvaro Uribe a la Comisión de Acusación de la Cámara expone debilidades institucionales, dilemas éticos y riesgos estratégicos para la principal fuerza de la oposición.
La doble cara del cálculo político
En el centro del conflicto hay una decisión técnica que se vuelve, en cuestión de horas, asunto político. Votar por el paso del expediente de la Fiscalía a la Comisión de Acusación no es solo una maniobra procesal: equivale a decidir el lugar donde una investigación puede avanzar, estancarse o diluirse. Ese desplazamiento reaviva una vieja vulnerabilidad de la vida política colombiana: cuando mayorías opacas en órganos internos pueden producir pactos que valen más que los méritos jurídicos del caso.
El resultado es un choque entre dos lógicas: la de la pureza política (defensa irrestricta de víctimas y memoria histórica) y la de la realpolitik (control de espacios institucionales para proteger intereses de partido o de liderazgos). La reacción pública de Gustavo Petro —lamentando que congresistas “se durmieron”— y la defensa de quienes votaron en favor del traslado muestran, simultáneamente, confusión en la cadena de mando y la prevalencia del cálculo táctico sobre la deliberación interna.
Implicaciones para la justicia y las víctimas
Mover un expediente de la Fiscalía a la Comisión de Acusación no es inocuo para las víctimas: la experiencia histórica sugiere que la célula legislativa suele ser más lenta y más permeable a maniobras políticas. La percepción de que un caso de crímenes de lesa humanidad podría quedar atrapado en procesos parlamentarios reduce la confianza en la posibilidad de verdad y reparación. Para un movimiento cuyo ascenso se sustentó en promesas de justicia social, ese costo reputacional es alto.
Además, la tensión entre la jurisdicción ordinaria, la Fiscalía y la Justicia Especial para la Paz (JEP) vuelve a poner sobre la mesa una pregunta estructural: ¿quién define el cierre de los capítulos más sensibles del conflicto armado? La respuesta política que ofrezca el Pacto Histórico influirá no solo en un caso concreto, sino en la arquitectura de rendición de cuentas en Colombia.
¿Cooperación táctica o nueva elite bipartidista?
La coincidencia coyuntural entre congresistas del Pacto y del uribismo en decisiones claves sugiere algo más peligroso que desacuerdos internos: la posibilidad de acuerdos tácticos que preserven simultáneamente a élites en ambos lados del espectro. Si la Cámara se convierte en el lugar para dirimir investigaciones de altos personajes, la frontera entre oposición legítima y pacto de impunidad puede borrarse.
Ese tipo de acuerdos, reales o rumorados, erosionan la narrativa fundacional del Pacto: su autoridad moral para representar a víctimas y defensores de derechos humanos. En el corto plazo, la estrategia puede favorecer a determinados líderes; en el mediano y largo plazo, mina la cohesión del movimiento y su base social.
La crisis interna: liderazgo vs. disciplina
El intercambio público de reproches revela un déficit organizativo. Que senadores y representantes actúen con mensajes cruzados —y que el propio liderazgo emita señales incongruentes— muestra falta de mecanismos claros de toma de decisiones y rendición de cuentas dentro del partido. Para una bancada que emergió como alternativa ética, la incapacidad de gestionar discrepancias internas sin escándalos mediáticos es una debilidad táctica y simbólica.
La gestión del conflicto interno dirimirá si el Pacto se convierte en una coalición consolidada o en un conglomerado fragmentado que responde a liderazgos personales más que a normas colectivas.
Escenarios futuros
Se pueden vislumbrar al menos tres trayectorias plausibles. Primero, la institucionalización del conflicto: si el Pacto no regula internamente conductas y sanciones, más votaciones controvertidas y rupturas públicas serán la norma, con pérdida de capital político frente a electores y movimientos sociales. Segundo, la consolidación de una estrategia pragmática: acordar reparto de poder con otras fuerzas para asegurar estabilidad legislativa, a costa de su narrativa de justicia. Tercero, una reacción de la base: movilizaciones de víctimas y colectivos que exijan coherencia y lleven a la dirección del Pacto a asumir compromisos renovados con la verdad y la JEP.
Riesgos y oportunidades
El principal riesgo es estratégico y reputacional: volverse indistinguible del viejo bipartidismo, perder legitimidad ante quienes vieron en el Pacto una apuesta por transformación real. Jurídicamente, se abre la posibilidad de que causas sensibles se estanquen en la Cámara y que la percepción de impunidad crezca.
La oportunidad, en cambio, exige convertir la crisis en reforma. El Pacto puede liderar una propuesta pública para clarificar competencias entre Fiscalía, JEP y Comisión de Acusación, impulsar transparencia en votaciones internas y crear mecanismos vinculantes de rendición ética para sus congresistas. Recuperar la narrativa de justicia requiere mostrar que el movimiento no solo denuncia impunidad, sino que actúa para impedirla.
Qué significa esto para la ciudadanía
Para la sociedad colombiana, este conflicto es una prueba de madurez institucional: si la política prioriza arreglos de poder sobre la verdad, la confianza pública seguirá erosionándose. Si, por el contrario, se privilegia la claridad procedimental y la defensa efectiva de las víctimas, puede abrirse una ventana para fortalecer la democracia y la justicia transicional.
El desenlace dependerá de decisiones que hoy parecen técnicas pero que contienen valores: transparencia versus oscuridad, coherencia moral versus pragmatismo de élites. La forma en que el Pacto Histórico resuelva su encrucijada dirá mucho sobre el rumbo del país en materia de reconciliación, independencia judicial y calidad de la representación política.
En últimas, la decisión no es solo de un partido: es una prueba para el sistema político entero sobre su capacidad para someter la política a la ley y la memoria de las víctimas.