Colombia: ¿Adiós a la paz? Una apuesta de alto riesgo

Colombia se encuentra en un punto de inflexión crítico, donde la ambiciosa política de 'Paz Total' del gobierno anterior ha sido desmantelada con celeridad por la administración de Abelardo De La Espriella. La retirada estratégica de las mesas de negociación con varios grupos armados, acompañada de una retórica contundente y un claro enfoque en la seguridad, marca un viraje que genera profundos interrogantes sobre el futuro del conflicto y la construcción de la paz en el país.

El fin de una ilusión y la cruda realidad

El exnegociador Camilo González Posso, pieza clave en los diálogos con el Estado Mayor Central (EMC), ofrece una visión interna de los tropiezos. Señala que, si bien se logró un avance en la conexión entre la institucionalidad y las comunidades, así como un rechazo social a la violencia, la frustración principal reside en la incapacidad de desmovilizar grupos armados. La prioridad de facciones como la de 'Calarcá' de enfocarse en confrontaciones internas por el control territorial y económico, más que en un acuerdo de paz, desnudó una 'ilusión' en las expectativas del gobierno. Los instrumentos de implementación y la falta de adaptación táctica a un mosaico de grupos diversos, desde mafiosos hasta aquellos con pretensiones ideológicas, son señalados como fallas cruciales en el diseño.

Sin embargo, un dato alarmante del Ministerio de Defensa revela una arista aún más compleja: los grupos armados aumentaron su número de integrantes en un 90 por ciento entre diciembre de 2022 y julio de 2026. Este incremento, con el Clan del Golfo a la cabeza, sugiere que las conversaciones, lejos de debilitar a las estructuras criminales en su totalidad, pudieron haberles ofrecido una tribuna política y ventajas tácticas, como la suspensión de órdenes de captura, que fueron capitalizadas para su fortalecimiento y expansión territorial. Esta realidad contrasta con la percepción de un 'debilitamiento estratégico' post-conversaciones, planteando la paradoja de una fragmentación interna que, a la vez, permitió un crecimiento numérico.

La nueva era: seguridad a toda costa

El presidente Abelardo De La Espriella no ha dudado en calificar los procesos anteriores como de 'falsa paz' y 'falso diálogo'. Sus acciones, incluyendo la extradición de cabecillas y el cierre formal de múltiples mesas con resoluciones administrativas, evidencian una postura de 'mano dura'. Los diálogos con el EMBF de 'Calarcá', la Coordinadora Nacional Ejército Bolivariano (CNEB), las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada (ACSN), Comuneros del Sur y las bandas de Medellín, entre otros, han sido clausurados, y se anticipa que la totalidad de los procesos de 'Paz Total' seguirán el mismo camino. El cambio en la figura del consejero comisionado de paz por un comisionado nacional de seguridad refuerza esta priorización de la agenda de seguridad sobre la de negociación.

Esta estrategia retoma herramientas como la fumigación de cultivos ilícitos y la extradición, pilares que habían sido atenuados o rechazados por la administración anterior. La rapidez y la contundencia de estas decisiones señalan una ruptura ideológica y pragmática, buscando deslegitimar cualquier pretensión política de los grupos armados y obligarlos a la rendición o la derrota militar.

Lecciones no aprendidas o rumbos divergentes

En este contexto, las palabras del expresidente Juan Manuel Santos resuenan con una advertencia histórica. En la conmemoración del décimo aniversario del Acuerdo de Paz con las FARC, Santos enfatizó que la paz no es un proyecto de corto plazo ni se limita a silenciar los fusiles. Subrayó la necesidad de una presencia estatal integral, con inversión social y justicia, más allá de la fuerza militar. Su crítica a los gobiernos anteriores por fallar en la implementación del acuerdo de 2016 y su defensa de la negociación como una señal de fortaleza, no de debilidad, ofrecen una visión contrapuesta a la actual política de 'desmonte'.

La desconexión entre la implementación integral de acuerdos previos y el intento fallido de la 'Paz Total' destaca una constante en Colombia: la dificultad de mantener una estrategia de paz coherente y de largo aliento que trascienda los ciclos políticos. El actual énfasis en la seguridad, si bien busca corregir las fallas percibidas en la política anterior, corre el riesgo de ignorar las complejidades sociales y territoriales que alimentan el conflicto.

¿Una guerra total o una paz posible?

El interrogante central que se cierne sobre Colombia es si este desmonte de la 'Paz Total' conducirá a una 'guerra total', como teme González Posso, o si sentará las bases para una paz más estable a través de la imposición militar. El crecimiento de los grupos armados durante el periodo de diálogo sugiere que el cese bilateral y las negociaciones no solo no lograron los objetivos esperados, sino que pudieron haber generado un caldo de cultivo para su consolidación. Sin embargo, una escalada de la confrontación militar sin una estrategia social y territorial robusta podría acarrear un aumento de la violencia, el sufrimiento civil y la perpetuación de ciclos de conflicto.

La sociedad colombiana, que ha manifestado un claro rechazo a la violencia y una aspiración de paz, se encuentra en la encrucijada. La política actual de Abelardo De La Espriella es una apuesta de alto riesgo que podría reconfigurar el mapa del conflicto, intensificar las confrontaciones o, si se acompaña de una visión integral y efectiva de seguridad y desarrollo, abrir una nueva senda hacia la tan anhelada estabilidad. El éxito dependerá de cómo el gobierno maneje el equilibrio entre la fuerza militar, la justicia y las oportunidades de desarrollo, evitando que la disolución de la 'Paz Total' se traduzca en el fin de la esperanza de una paz duradera.

Artículo Anterior Artículo Siguiente