

La cumbre reciente de gobernadores en Mompox dejó una imagen nítida: un Ejecutivo que promete descentralizar recursos y, al mismo tiempo, delimitar tajantemente hasta dónde llega la autonomía regional. El presidente marcó una «línea roja» contra negociaciones informales con grupos armados y colocó sobre la mesa un dilema político y operativo que tendrá consecuencias directas en la gobernabilidad territorial.
Autonomía con condiciones
El mensaje presidencial combina dos ejes aparentemente complementarios pero potencialmente contradictorios. Por un lado, hay un compromiso explícito de transferir poder, presupuesto y decisión hacia las regiones: infraestructura, vivienda y desarrollo rural son las banderas de esa descentralización. Por otro, se exige que esa autonomía venga con controles estrictos: responsabilidad, transparencia y lealtad al Estado central, bajo amenaza de sanciones judiciales para quien cruce la nueva frontera definida por el Gobierno.
Qué revela la advertencia
La advertencia pública contra negociaciones «clandestinas» no es solo un llamado al cumplimiento de la ley; es un intento de reafirmar la prerrogativa del Ejecutivo sobre las estrategias de seguridad y de paz. Pero también expone una tensión estructural: muchas regiones han ensayado, históricamente, vías locales de interlocución con actores armados cuando el Estado central estuvo ausente. Criminalizar o judicializar de inmediato esas prácticas sin ofrecer canales formales y creíbles de diálogo pone en riesgo la estabilidad local y puede empujar conversaciones al terreno de la clandestinidad que se busca evitar.
Vacios y ambigüedades
La contundencia del Gobierno choca con la ausencia de definiciones operativas claras. ¿Qué constituye una negociación «clandestina»? ¿Quién prueba que un contacto territorial buscaba prebendas y no la liberación de caminos, la protección de campesinos o la garantía de derechos? Sin protocolos precisos y mecanismos de verificación, la advertencia abre la puerta a interpretaciones políticas que podrían convertirse en castigo selectivo o en un freno a iniciativas locales legítimas.
Riesgos políticos y de seguridad
Hay al menos tres riesgos inmediatos. Primero, la polarización: gobernadores opositores pueden percibir la medida como una amenaza directa a su autonomía y responder con confrontación política, debilitando la cooperación institucional. Segundo, la seguridad operativa: sin vías formales de diálogo, comunidades aisladas podrían recurrir a intermediarios informales, agravando la violencia o consolidando economías ilícitas. Tercero, la judicialización: convertir contactos locales en materia penal puede saturar tribunales y distraer recursos de la investigación a la persecución política.
Escenarios futuros
Ante este mapa hay, al menos, tres trayectorias plausibles. En el primero, el Ejecutivo acompasa la advertencia con protocolos claros y mesas de coordinación multilaterales que incluyan gobernadores, Fuerza Pública y veedurías civiles; así, la descentralización se concreta con reglas del juego y supervisión, reduciendo ambigüedades. En el segundo, la estrategia deriva hacia la mano dura: investigaciones y sanciones públicas que generan inhibición y conflicto político, pero que pueden mostrar resultados visibles de corto plazo en materia de reducción de contactos hostiles. En el tercero, la respuesta regional será de resistencia: gobernadores que buscan autonomía real fortalecerán canales informales y alianzas locales, aumentando la complejidad del conflicto y ampliando la brecha entre Estado central y territorios.
Qué significa para la sociedad
La tensión entre descentralizar recursos y controlar las formas locales de interlocución con actores armados impacta directamente la vida cotidiana en zonas rurales y fronterizas. Si la medida se implementa con criterios técnicos y transparencia, puede fortalecer el Estado de derecho y mejorar provisión de servicios. Si se aplica de forma política o imprecisa, puede erosionar la confianza en las instituciones, dejar vacíos de gobernabilidad y, paradójicamente, facilitar la expansión de estructuras criminales en territorios donde el Estado no logra reemplazarlas.
Recomendaciones para evitar el choque
Para transformar la advertencia en una política eficaz y legítima se requieren pasos concretos: definir jurídicamente qué constituye una negociación prohibida; habilitar canales formales y certificados para la mediación local con participación de Defensoría y ONGs; crear mecanismos de seguimiento y transparencia accesibles a la ciudadanía; y, finalmente, acompañar medidas de seguridad con inversiones visibles en bienestar y desarrollo que reduzcan la dependencia local frente a economías ilícitas.
La apuesta del Gobierno por un país menos centralizado es políticamente atractiva y, en muchos casos, necesaria. Pero la descentralización sin reglas claras sobre cómo se relacionan las autoridades subnacionales con actores armados corre el riesgo de reproducir los problemas que pretende resolver. La forma en que se articule esa «línea roja» definirá si se consolida un nuevo contrato entre nación y regiones o si se abre un capítulo de confrontación institucional con costos elevados para la paz y la gobernabilidad.